El invierno, cuando entra, es como un cuchillo. Uno que corta hacia afuera y tiene un filo de silencio. Cae desde el cielo pero surge también desde la Tierra.
¿De donde viene ese frío gélido?
¿Qué parajes asoló antes de azotar a nuestros árboles?
Algunos animales persisten en el poder de su sangre caliente. Confían en sus cuerpos. Después de todo, es lo único que tienen. Otros prefieren huir del país, aferrarse a nada, como si esa ilusión momentánea los desatara de los ciclos que irremediablemente van entretejiendose en sus células y destinos. Confían en sus decisiones. Como si tal cosa realmente existiera.
A mí me gustaría en cambio transformarme súbitamente en un sonido.
Emitido por el graznido de un ave pero luego adherido a un copo de nieve. Caer, pero no tanto. Hasta las ramas de un árbol tal vez, para unirme con otros copos (que tal vez también fueron sonidos)
Pero ahora son silencio.
y terminaremos bajo la tierra, lo sé.
Pero qué más da si podemos colarnos por el agua, por los infinitos recovecos subterráneos por donde ésta se mueve dando vida a todo, cortando de adentro hacia afuera pero ahora sin dolor, acumulando mineral cósmico que luego brotará en una exuberante hoja. Una bruta hoja que sale pese a todo, carnosa, potente, dispuesta a crecer en contra de todo pronóstico, es decir, a enamorar.
Perdón si soy apático a veces.
Es que me pega fuerte la estación y me convierto en un animal ceñudo.
n-
12/07/23
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